Paz
La paz. Qué necesaria es la paz para nuestros días. Para tus días. Y ya no sólo hablo de la paz entre las naciones sino también entre nosotros: en nuestras familias, con nuestros amigos, con nosotros mismos. Hay gente que no se soportan y escupen su desazón a los demás. Basta ver las caras de desconfianza, de miedos de muchos de nuestros vecinos. Miradas melancólicas, recelosas o inquisitoriales.
Son tantos los motivos que se conjuran para que este martes sea distinto que aún queda sitio para uno muy poderoso y necesario: la paz. Ahora, la paz con quien te rodea, sólo es posible si vives en paz contigo mismo. Si vives emocionalmente estable. Si te aceptas cómo eres. Si crees en ti. Si te sientes seguro. Si experimentas emociones que van más allá del temor.
La desconfianza, el recelo, los miedos generan violencia. Que no tiemble tu corazón, que no se acobarde. Si te sientes seguro, si amas, nada ni nadie puede arrebatarte la paz. La vida que vives, en gran medida la decides tú: las peleas con la familia, con tu pareja, con tus hijos, con tus amigos, contigo mismo pueden ceder paso a una vida donde la concordia, el respeto, la tolerancia, la paciencia y la sensatez ganan terreno, si verdaderamente amas.
“La paz os dejo, mi paz os doy.” Dijo el Nazareno, “no la doy como la da el mundo”, añadirá. Cuando se descubre la paz que procede de Dios y la paz que procede de tu interior todo cambia. Todo es más fácil. Más bello. También el día.



