Resurrección de Jesús
Hace unos meses una familia participó en una peregrinación a Tierra Santa. El padre relataba la experiencia tan profunda que supuso renovar las promesas de fidelidad matrimonial en un marco tan evocador como el de Caná de Galilea.
El hijo mayor contaba con entusiasmo como le habían impresionado sobre manera dos momentos: la oración en el Huerto de los Olivos y el via crucis por la calle de la Amargura. El hijo mediano, a punto de dejar el Instituto y pasar a la Universidad, comunicaba su experiencia junto al lago de Tiberiades. La hija, ya adolescente, estaba impaciente por intervenir y expresar su experiencia peregrina a la Tierra del Señor. “Me emocionó el monte de las Bienaventuranzas”, comentaba atropelladamente.
De pronto, el hijo pequeño mirando a su madre le espetó a la cara: “¿Mamá y tú que recuerdas del viaje? ¿Cuál fue tu mejor momento?” Ella, abrió su corazón a la confidencia: “Todos fueron mis momentos: pero hay uno que gocé con pasión: ¡cuando entramos en el sepulcro pude comprobar que el Señor no estaba allí!.”




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