Desastres naturales. Cuando la tierra tiembla
Por Javier Sánchez Márquez
Una semana después del terremoto de siete grados en la escala de Richter que, según fuentes haitianas, causó más de ochenta mil muertes e incalculables pérdidas económicas, las organizaciones humanitarias internacionales aún afrontan muchos problemas para la distribución de la ayuda. No en vano, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, expresaba en un encuentro con periodistas que una de las cosas que más le preocupa “es cómo darle esperanza a la gente”.
Desde tiempos lejanos, los desastres naturales han sido observados por la población con ojos muy diversos, desde los que interpretan estas tragedias como castigos divinos hasta quien ve en ellos la alarma urgente de un planeta que se resiente por el trato que le ofrece el ser humano. Al margen de las lecturas, en lo que pocos disienten es en las lamentables conclusiones que suelen obtenerse cada vez que un terremoto, un tsunami, unas lluvias torrenciales o un maremoto arrasan una ciudad o zona determinada.
La noticia salta a los medios de comunicación con más fuerza cuando sucede en regiones más desfavorecidas, y se debe sencillamente a que las consecuencias suelen ser mucho peores. Comparar tragedias no es plato de buen gusto, pues todas son lamentables por igual, pero frente a los pocos centenares que suelen darse en casos como el terremoto de Italia, resultan chocantes los 50.000 muertos registrados en Pakistán en 2005, los más de 180.000 en Indonesia en 2004 o los 70.000 en China en 2008.
Al margen de la magnitud del seísmo, resulta crucial la situación política, social y económica del país o región que lo sufre, pues suelen ser las masificaciones de población, las precarias construcciones o las deficientes actuaciones de emergencia, circunstancias que favorecen que el número de víctimas se dispare de manera alarmante.
Los terremotos son probablemente la consecuencia más dramática de los movimientos naturales del planeta. Tsunamis, maremotos y erupciones volcánicas tienen habitualmente orígenes similares, pero en pocas ocasiones conllevan tan desastrosas y lamentables consecuencias.
En esencia, el origen de los terremotos se encuentra en la acumulación de energía que se produce cuando los materiales del interior de la Tierra se desplazan, buscando el equilibrio, desde situaciones inestables que son consecuencia de las actividades volcánicas y tectónicas, que se producen principalmente en los bordes de la placa.
Aunque ésas suelen ser las principales causas de los terremotos, no conviene pasar por alto otros factores determinantes, que van desde desprendimientos de rocas en las laderas de las montañas y el hundimiento de cavernas hasta variaciones bruscas en la presión atmosférica por ciclones e incluso a la propia interacción de los seres humana. No obstante, estas circunstancias suelen crear habitualmente temblores de baja magnitud que sólo pueden ser detectados por sismógrafos, los denominados microsismos.
A la vista de sus consecuencias, uno de los desafíos más importantes para los estudiosos de los terremotos es la posibilidad de predecirlos. La sismología es la rama de la geofísica que se encarga del estudio de terremotos y la propagación de las ondas sísmicas que se generan en el interior y la superficie de la Tierra. Aunque han sido muchos los avances logrados en esta materia, aún no existen medios precisos para determinar dónde y cuándo se producirá un temblor, al menos con la suficiente precisión y antelación como para poder actuar en consecuencia.
Giampaolo Giuliani, técnico e investigador en el Laboratorio Nacional de Física de Gran Sasso, advirtió, unos días antes de que ocurriese, de que un fuerte seísmo iba a sacudir la zona de L’Aquila, en el centro Italia. Nadie lo escuchó, y el 6 de abril de 2009 se produjo un seísmo de 6,3 en la escala de Richter en la región central de los Abruzos, que dejó alrededor de 150 muertos, 1.500 heridos y más de cincuenta mil personas sin hogar.
Giuliani basó su alarma en el análisis de un gas radiactivo, el Radón, que encuentra una vía de fuga hacia la superficie cuando las fallas se mueven. Al detectarlo, pudo indicar con exactitud el sitio y la inminencia del suceso.
Aunque ya en la antigua China se estudiaban las características de los terremotos, el nacimiento de la sismología moderna se sitúa habitualmente en el año 1755. Fue el primero de noviembre de ese año cuando se produjo el conocido como terremoto de Lisboa. Tuvo una fuerza 9 en la escala de Richter, con su epicentro en el océano Atlántico, a unos 200 kilómetros al sudoeste del Cabo de San Vicente, y dejó más de cien mil muertos y otro numero similar de heridos y desaparecidos. Al seísmo le siguió un maremoto que afectó también al suroeste de España. El caos y las destrucciones provocaron también en la capital portuguesa un incendio de notables proporciones.
Observado con perspectiva histórica, aquel terremoto ha sido uno de los que mayores consecuencias sociales ha tenido. Por un lado acentuó las tensiones políticas en Portugal y frenó las ambiciones coloniales del país. Además, la magnitud del desastre alimentó el debate entre los filósofos ilustrados europeos. En consecuencia, al tratarse del primer terremoto con efectos evidentes en una amplia área urbana, las posibilidades de su estudio científico marcaron, como se ha señaládo, el nacimiento de la sismología moderna.
Tras Lisboa, es posiblemente el de San Francisco el terremoto más conocido, y guarda en relación con aquél el devastador incendio que se produjo, y que terminó provocando más daños que el propio movimiento de tierra. Las sacudidas principales empezaron a las 05:12 de la mañana del 18 de abril de 1906, a lo largo de la falla de San Andrés. El terremoto fue de una magnitud de entre 7 a 8 en la escala de Richter, y su epicentro estuvo al suroeste de San Francisco. Su fuerza se sintió en toda la costa del Pacífico desde Oregón hasta Los Ángeles, y se extendió también hacia el interior, alcanzando el estado de Nevada.
Las cifras oficiales hablan de 478 muertos, pero los historiadores han demostrado que ésa era una estimación muy a la baja, sobre todo teniendo en cuenta los barrios chinos en los que la población real era muy superior a los habitantes registrados. El paso del tiempo ha permitido fijar en unos tres mil el número de muertos, aunque más sorprendente aún es el dato que apunta que entre 225.000 y 300.000 personas perdieron sus casas, de un total de 400.000 habitantes.
Apenas veinte años después, en 1923, era al otro lado del Pacífico donde un sismo de entre 7,9 y 8,3 en la escala de Richter destruía la ciudad portuaria de Yokohama así como las vecinas de Chiba, Kanagawa, Shizuoka y Tokio. Acontecido el primero de septiembre, es conocido como el Gran terremoto de Kanto, y a imagen del desastre de San Francisco para Estados Unidos, el suceso conmocionó tanto a la sociedad japonesa que años después, en 1960, se conmemoraba el terremoto designando el 1 de septiembre como Día de la Prevención de Desastres, para concienciar a la población de la importancia de prepararse para estos posibles golpes de la naturaleza.
Las fuentes más fiables apuntan a 105.385 muertos y 37.000 desaparecidos. Como ocurrió en San Francisco, muchas de las víctimas de esta tragedia fueron provocadas por los 88 incendios que se declararon en diversas zonas y que se extendieron rápidamente debido a los fuertes vientos de un tifón cerca de la península de Noto.
Algunos terremotos no sólo ponen de manifiesto la capacidad destructiva de las fuerzas naturales, sino también la incompetencia y corrupción de los poderes políticos. Así pudo constatarse en el terremoto ocurrido en México el jueves 19 de septiembre de 1985. Afectó especialmente a la zona centro y sur, y constituye el seísmo más grave del que se tiene constancia en el país. En su día, el gobierno informó de entre seis y diez mil personas fallecidas. Sin embargo investigaciones posteriores demostraron que se habían ocultado datos y terjiversado cifras, pues el cálculo real arrojaba entre 35.000 y 40.000 muertos. El estadio de béisbol del Seguro Social se usó para acomodar y reconocer cadáveres, empleándose toneladas de hielo para retrasar el máximo posible la descomposición de los cuerpos.
Haití se enfrenta ahora a una de las pruebas más duras de su historia. Ocho días después del terremoto, una réplica vuelve a sacudir la zona, con consecuencias imprevisibles para las ya maltratadas edificaciones e infraestructuras. Pasado lo inevitable, sólo queda esperar que la comunidad internacional reaccione para minimizar al máximo las consecuencias de futuros desastres de la naturaleza.

Luis Baras
Pilar Muriel