Por . Miércoles, 3 de Noviembre de 2010.

Lapidación, horca, silla eléctrica

Por el televisor de la cocina, mientras desayuna, mi hija Elisa se ha enterado de que hoy miércoles, 3 de noviembre de 2010, tal vez se cumpla la sentencia de muerte dictada contra Sakineh Ashtiani, la mujer iraní acusada de mantener relaciones sexuales con dos hombres después de la muerte de su marido. La locutora explicó que las presiones internacionales habían servido para cambiar el terrible castigo de la lapidación por la horca.

Cuando se anuncia una sentencia de muerte, hay un reloj que se pone en marcha. Elisa saldrá de casa a las ocho menos cuarto, entrará en el colegio a las ocho y media, a las diez deberá demostrar sus conocimientos de matemáticas, a las once y media compartirá con su amiga Mónica el bocadillo, a la una recibirá su lección de ciencias naturales y a las tres llegará a casa, con prisa, para comer y salir corriendo a clase de piano. Tal vez en uno de esos momentos del reloj, en medio de una ecuación o de una corchea, de una sonrisa o de un sorbo de agua, su vida cotidiana se cruzará con la muerte de Sakineh Ashtiani.

- ¡Qué sensación de impotencia!- me dice-. Saber que van a matar a una persona inocente y no poder evitarlo. Eso de que ayudó a matar a su marido es una mentira.

- Sí, parece que se lo inventaron las autoridades iraníes para justificar la barbarie de sus costumbres. Y me parece bien que sientas impotencia. Es lo que me pasa a mí. La fatalidad, el sentimiento de lo inevitable, es algo propio de la muerte, algo que está junto a nosotros y que se diluye en la vida. Aprendemos a convivir con la fatalidad. Pero cuando un juez señala un día y fija una hora para la muerte, la fatalidad se convierte para mí en vacío. Me quedo como hueco por dentro, como si perdiera mi condición humana.

- Es un horror. ¡Cómo pueden matar así a una persona por mantener relaciones sexuales! Son unos bárbaros.

- Sí, Elisa, las costumbres fundamentalistas, las lapidaciones, los pañuelos en la cabeza, las religiones con derecho a matar en nombre del pecado, son una barbarie. Esta mujer es inocente. Pero yo te pregunto, ¿y si fuera culpable?

- No es culpable.

- Perdona, pero eso aquí es lo de menos. ¿Y si fuera culpable? Hace unos días ejecutaron en los EE.UU. a otra mujer, casi deficiente mental, por colaborar en el asesinato de su marido. No hubo velos, ni peligro de lapidación, pero el corredor de la muerte, la hora fijada y la firma del juez provocaron en mí la misma sensación de vacío humano.

- Tienes razón, no somos partidarios de la pena de muerte.

- Es que eso es lo verdaderamente bárbaro. Más que las piedras o los ritos exteriores del fundamentalismo, lo que me parece bárbaro es la pérdida de respeto a la vida humana, fijar una hora para una ejecución. Los no creyentes tenemos también nuestra manera de sentir lo sagrado, una raya que no se puede pisar. La dignidad de la vida humana es esa raya.

- Sí, da igual que sea inocente o culpable, iraní o norteamericana.

- Sólo te pregunto otra cosa sobre la inocencia y la pena de muerte. Si yo fuese un  canalla y matase a miles de personas, ¿tú serías culpable?

- Claro que no.

- Pero si me condenaran a mí a muerte, ¿no te estarían castigando a ti? Por malo que yo fuese, ¿no sería un castigo bárbaro de impotencia y dolor saber que en un día fijado, en una hora precisa, mi ejecución se iba a cruzar con tu reloj? Los condenados suelen tener padre, madre, hermanos, hijos, amigos… Así que la pena de muerte no es sólo una pérdida de respeto a la condición humana individual, sino también a la comunidad. También se queda hueca por dentro la palabra sociedad. Y en este sentido da igual una lapidación, una horca, una inyección letal o una silla eléctrica.




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