Por . Lunes, 12 de Julio de 2010.

Bien, España

¡Qué sucios y qué patadas han pegado!, dice mi hija Elisa. ¡Qué sucios! De verdad, digo yo. Y hago un chiste: nunca he visto a los Países Bajos jugar tan bajo, tan barriobajeros. Da gusto ganar siempre, pero la alegría se mezcla con el espíritu vengativo cuando el contrario pega patadas, protesta, rompe el juego con artimañas y se pasa de la raya. Por eso Elisa y yo nos pasamos también de la raya en la celebración. Digo barbaridades, evoco al Duque de Alba. Luego me entra un poco de mala conciencia.

- Mira, Elisa, la vida me ha enseñado a perder. Si llegamos a perder, no hubiese abierto la boca, no me hubiera permitido ni una queja contra la blandura del árbitro o contra la dureza de los holandeses. La dignidad y el orgullo mandan en la derrota. Pero como hemos ganado, se me escapó la soberbia. Está visto que tengo que aprender a ganar, no estoy acostumbrado.

- Pero si hace dos años ganamos también la Eurocopa.

-Sí, pero la historia es larga, muy larga. El primer Mundial del que me acuerdo bien se jugó en Inglaterra, en 1966.

- ¿Te acuerda?

- Lo escuche en la radio. En casa, con mi padre, o en la calle con mis amigos. Daba igual bajarse a la calle, porque por todas las ventanas salía la radio, la voz de los locutores, palabras en blanco y negro con sabor a hierba verde y a sustos. Nos eliminó Alemania. Empezó marcando Fusté, en el minuto 22, pero después nos colaron dos goles.

- Te lo estás inventando.

- No, es verdad. Antes le habíamos ganado a Suiza, con goles de Amancio y de Sanchís. Pero habíamos perdido con Argentina. No sirvió de nada un gol de Pirri.

- ¿Cómo te acuerdas tan bien de los goles y los jugadores?

- Porque eran casi una compañía diaria. Más que jugadores de carne y hueso, para mí eran cromos, postales, fotos de revistas pegadas en las paredes de los talleres y los bares. Y me acuerdo, además, porque en el año 1966 mi amigo Miguel se acababa de ir a Alemania. Su padre estaba trabajando allí. Y un amigo de mis padres, Juan, que era homosexual, había cerrado su tienda después de una pelea y se había marchado a Londres. Tú no sabes cómo era este país. Yo me acostumbré a refugiarme en el fútbol, y luego en los libros. Aunque en el fútbol o en cualquier otro deporte, lo normal era perder. Había un atleta de Palencia, Mariano Haro, que siempre llegaba cuarto. Esa era nuestra única satisfacción en las Olimpiadas.  

- Ahora han cambiado mucho las cosas.

- Mucho, y mi desahogo de antes tiene un sentido. No sólo estoy contento por que la selección haya ganado el Mundial. Me alegra más cómo lo ha ganado. Jugando sin furia, sin pegar patadas, sin protestar, moviendo el balón de la forma más civilizada que pueda imaginarse. Hubo un jugador holandés llamado Cruyff, al que admiré mucho. Nunca olvidaré su elegancia. Bueno, pues ayer los elegantes éramos nosotros. Más que ganar, me llenó de orgullo que la furia, las patadas y las protestas estuviesen esta vez con el equipo de los Países Bajos.

- ¿Estás contentos?

- Ayer ganamos todos, ganaron Amancio, Pirri, Fusté, Sanchís y todos los jugadores que recuerdo y he coleccionado en cromos. Ganaron mi amigo Miguel, que se quedó en Alemania, y Juan, que volvió a España en 1978. Ganaron mis amigos del barrio. Y has ganado tú. Pero tienes que aprender a ganar, como yo aprendí a perder.




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