No sepas lo que pasa
Mi hija Elisa ha llegado a la conclusión de que su poeta preferido es Miguel Hernández. Insiste en que le gusta más que Machado, Juan Ramón, Alberti, García Lorca… Le gusta más que su padre. ¿Tú eres mejor o peor que Juan Ramón?, me pregunta.
Me precipito a decir que mucho peor, que Juan Ramón es uno de los padres de la poesía contemporánea. ¡No podemos hacer el ridículo! Pero luego intento explicarle que la literatura no es, por suerte, una competición en la que unos escritores eliminan a otros. Se puede disfrutar a la vez de Alberti y García Lorca, o de Góngora y Quevedo. Uno de los valores de la poesía es su variedad. Se trata de un mundo en el que la riqueza necesita estar muy bien repartida.
- Pues a mí el que más me gusta es Miguel Hernández.
Los homenajes siguen siendo eficaces. La celebración este año del centenario de Miguel Hernández ha motivado la reedición de sus libros, la publicación de biografías y un esfuerzo institucional por reconocer la importancia de su figura. Cosmopoética, el festival organizado en abril por el Ayuntamiento de Córdoba, llenó los balcones de la ciudad con versos del poeta. Enrique Morente cantó en el acto de clausura unas versiones emocionantes de las “Nanas de la cebolla” y de “El niño yuntero”.
Los reconocimientos públicos sólo cobran sentido cuando nos afectan en la soledad del corazón, cuando las emociones siguen siendo un patrimonio personal. Los grandes poetas conservan el poder solitario de sus palabras después de los eventos oficiales. Elisa se emociona cuando oye cantar a Enrique, la cebolla es escarcha / cerrada y pobre, y cuando Miguel Hernández le desea a su hijo no sepas lo que pasa / ni lo que ocurre.
- ¿No sepas lo que pasa?, me pregunta de repente.
- Es que se está refiriendo a su hijo, casi recién nacido. Le gustaría que mantuviese su inocencia, que no se diera cuenta del sufrimiento y de una verdad terrible. Ese el privilegio de los niños. Pero los mayores necesitamos conocer la verdad, no podemos dejar que nos traten como niños de pocos meses.
- ¿Qué le pasó a Miguel Hernández?
- Después de la guerra civil los tribunales franquistas lo condenaron a muerte. Por las gestiones de sus amigos, conmutaron la pena por 30 años de cárcel. Pero las condiciones de su vida supusieron casi otra ejecución. Murió de tuberculosis, sin los cuidados médicos oportunos, en 1942, a los 32 años.
- Hizo muchas cosas en 32 años.
- Fíjate lo que hubiera podido escribir. Tuvo una vida muy corta, y muy dura, marcada por el sufrimiento. Se casó en 1937, su primer hijo murió a causa de las precariedades de la familia. El segundo pudo sobrevivir, aunque el encarcelamiento de su padre condenó a toda la familia a una pobreza extrema. Eso cuenta en las “Nanas de la cebolla”. La madre sólo podía alimentarse de cebolla mientras estaba dando de mamar.
- Pues a mí me gusta saberlo…
- Porque te estás haciendo mayor, y de nada sirve que cierres los ojos al sufrimiento. Querer olvidar es una trampa, porque el olvido público envenena y llena de desesperación los sentimientos privados. Las víctimas de una dictadura necesitan la reparación moral pública para sentirse tranquilos con sus recuerdos en soledad. Las heridas no se cierran con olvido, sino con dignidad pública.
- Y castigando a los culpables.
- Bueno, estos culpables hace años que murieron, ya no resulta necesario. Aquí no habría que castigar a nadie. Para hacer justicia, bastaría con admitir la verdad y reparar la soledad de las víctimas.
- Eso se lo merece Miguel Hernández…
- Sí, y García Lorca, y Antonio Machado… El dolor, por desgracia, estuvo entre ellos tan repartido como la buena poesía.



