La lección de los mayores
Mi hija Elisa entra en el despacho al oír por tercera vez la versión de “Los cuatro muleros” cantada por la Argentinita. A veces yo hago bromas por la insistencia monótona de sus discos de rap, así que aprovecha la ocasión de devolverme la jugada y se pone a bailar en medio de la habitación con movimientos ridículos y exagerados. Le digo que parece una señorita de la antigua Sección Femenina. Me pregunta muy extrañada qué era eso. Como estoy trabajando y la explicación es larga, prefiero dejar la respuesta para otro momento. Pero ella me exige que por lo menos le diga por qué oigo tantas veces esa canción tan vieja.
- Mañana cumpliría Francisco Ayala 104 años. La Biblioteca Nacional, como está todavía muy cerca su muerte, organiza un homenaje, un recuerdo, y nos ha encargado a Miguel y a mí que coordinemos el acto. Vamos a escoger algunas canciones que hablen de la vida de Francisco, de su paso por las ciudades y por la historia del siglo XX, y Juan Diego leerá fragmentos de sus libros que tengan que ver con esas canciones. Empezaremos con “Los cuatro muleros”, una canción granadina que versionó García Lorca para que la cantara la Argentinita.
Elisa me ha visto muchas tardes salir de casa para charlar y tomarme un whisky con Francisco Ayala. También me ha acompañado en algunas ocasiones, y guarda entre sus tesoros una carta personal que le escribió Francisco hablando sobre las sensaciones de un hombre muy viejo cuando es besado por una niña. Elisa sintió la muerte de Francisco, la sintió por él, pero también por ella y por su padre, ya que poco a poco va entendiendo el significado íntimo de la existencia, la rueda de la vida que nos condena a desaparecer. Me confesó que la muerte de Francisco le había hecho pensar que yo también iba a morirme un día.
- ¿Qué es lo que has aprendido de Ayala?, ¿cuál ha sido su mejor lección? –interrumpe Elisa mis pensamientos con dos preguntas que no puedo dejar de contestarle.
¿Pero cómo? Ella me ha oído decir muchas veces que Francisco Ayala ha sido un maestro en la literatura, que su defensa ética de la libertad y de la dignidad humana en las situaciones más difíciles ha marcado su obra y su comportamiento en la vida. Pero mientras se acaban “Los cuatro muleros” y empieza “La Corte del Faraón”, no puedo darle una clase de literatura o de filosofía, porque no es eso lo que me está pidiendo.
- Verás, Elisa, tú sabes que a mí me gusta mucho sentarme a hablar con las personas mayores. Cuando era un muchacho, tuve la suerte de conocer a Rafael Alberti. Luego me hice amigo de Francisco.
- ¿Y te hablaba del pasado?
- Sí, la verdad es que era uno lujo hablar con alguien que había vivido por dentro la historia del siglo. A mí me impresionaba que hubiese estado en el estreno de Mariana Pineda, la obra de García Lorca, o que discutiese de política con Manuel Azaña o con Juan Negrín. ¿Pero sabes, Elisa, lo que de verdad me han enseñado mis viejos?
- ¿Qué?
- A tomarme en serio a los jóvenes. Porque ellos me tomaban en serio a mí y procuraban también comprender la mirada de un joven. Eso es lo que se aprende cuando alguien muy mayor comparte su whisky, sus recuerdos y sus preocupaciones contigo. Me parecen tan peligrosos los jóvenes que no respetan la historia como los viejos cascarrabias que no se interesan por los jóvenes.
- Es una lección que me conviene.
- ¡Y tanto! Te conviene aprenderla, y te conviene que la aprendan los demás.



