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Por Luis García Montero. Lunes, 1 de Marzo de 2010.

El sentido de la fiesta

Ayer fue un domingo doble. El día de Andalucía cayó en domingo y el calendario se vistió de fiesta dos veces. Tenemos que disfrutar de todo por partida doble, me sugirió mi hija Elisa con una complicidad divertida. A veces jugamos a hacer del tiempo una materia propia y disparatada. Yo le propongo vivir un viernes con ojos de lunes o programar un fin de semana de invierno como si estuviésemos en verano. La literatura enseña a quejarse del frío cuando aprieta el calor o a ver lleno de soles el mapa del tiempo cuando tenemos el corazón empapado de una lluvia disparatada y terca.

Por eso Elisa me propuso vivir un día de doble fiesta: dos besos, dos paseos, dos visitas a casa de los abuelos, dos películas. A mí me pareció bien jugar. Empeñarse en negar la realidad es casi siempre una tarea de lunáticos, una soberbia de gente ensimismada que vive dentro de un dogma y niega la presencia de los demás. Pero el juego sirve para avisarnos de que la realidad no está escrita por encima de nosotros, no es una verdad natural, sino una decisión, un acuerdo del que somos responsables. Es bueno saber que las cosas son así, pero también es necesario recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Podríamos descansar los lunes y trabajar los domingos o viajar en busca de la lluvia y los paisajes melancólicos en vez de perseguir las playas sobrecargadas de agosto.

- Para mí –le dije- el día 28 de febrero tiene un significado especial…

- Te veo muy andaluz últimamente -me contestó con ironía-. Te metes con los nacionalismos, pero después estás siempre hablando de Andalucía.

- No tiene nada que ver. Se puede querer a una tierra, sin convertirla en el sentido único de la argumentación política. Mira, a mí me gusta el 28 de febrero porque lo he visto crecer, crecer como tú. Cuando yo era niño no existía. Para mí no es una verdad natural, la verdad de la tierra puesta por encima de nosotros, sino una decisión, tan artificial como cualquier otra. Por eso soy poco partidario de las verdades naturales de los pueblos, y me gusta más hablar de la gente y de su capacidad de construir un Estado.

- Ay, ya me acuerdo, creo que lo hemos hablado alguna vez.

- Durante el franquismo no había comunidades autónomas. Al inicio de la democracia se quiso reconocer la existencia de realidades nacionales diferentes dentro del Estado, reconocer la importancia de los hechos y las tradiciones históricas. Andalucía salió a la calle, pidió la plenitud autonómica. ¿Te he contado alguna vez que en Granada hubo una manifestación de cien mil personas?

- Pero es mentira.

- Pues yo lo vi, estuve allí, fue un 4 de diciembre. Además, con las cifras también se juega. Después se hizo un referéndum el 28 de febrero de 1980. Y se quedó ese día como fiesta. El tiempo carga de sentido a las cosas, provoca los recuerdos y las melancolías que le hacen falta a la realidad para que se sienta importante. Y uno de mis mejores recuerdos es ver cómo se pone en marcha una fiesta, cómo depende de la decisión de los políticos y los ciudadanos, y no de un mandato divino o de una ley natural. La realidad será lo que nosotros queramos que sea. Y fíjate que la libertad es casi siempre una invitación a una soledad terrible. Comprender que nada está escrito, que nada es un dogma, nos deja sin verdades estables, a solas con nuestra propia conciencia. Pero tomarse la libertad de fijar el día de una fiesta, nos llena la soledad de gente y de bandas de música, y no para ir a la guerra, sino para divertirse en común.

- Pues nada, fiesta doble, me voy a tomar dos postres.

Y eso hicimos Elisa y yo. Dos paseos, dos visitas a los abuelos, dos postres, dos película, en un sólo día verdadero.





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