Con el agua al cuello
Vemos en el televisor a un hombre, muerto de frío, sentado en su coche. Tiene cara de desesperación. Ha pasado mala semana, malos días y mala noche. Amaneció hace un par de horas, pero todavía no ha desayunado, en espera a que vengan a relevarlo de la guardia. Su coche se ha convertido en una garita rodeada de agua, desolación e intemperie.
Le cuenta su historia a la periodista que se acerca. Es la segunda vez que se le inunda la casa. Apenas había conseguido adecentar los daños de la última riada, cuando la maldición volvió a entrar en su bodega, su salón de estar, su dormitorio. No cree que pueda salvar esta vez ningún electrodoméstico, quizá algunos muebles.
Hace guardia frente a su casa inundada porque no quiere que, aprovechando el desaguisado, entren los ladrones a llevarse lo poco que le queda. A algunos vecinos les han arrancado hasta las tuberías para venderlas por chatarra.
- ¡Qué extraño! –digo a mi hija Elisa-. En verano, cuando pasamos con el coche por los campos de Jerez, vemos todo tan tranquilo, tan civilizado. Resulta raro ver que los paisajes pueden cambiar tanto.
- A mí lo que me sorprende es que los hombres puedan hacer tanto daño como la naturaleza más loca. Si no hay huracanes, inundaciones, tormentas, nevadas, catástrofes, provocamos una guerra, hacemos estallar bombas o un misil revienta una casa y mata a una familia.
- Así es…
- Y aunque se trate de un desastre natural, el ser humano tiene que decir la última palabra. Llegan los truenos, los rayos, las lluvias, las riadas, pero siempre queda la puntilla del ladrón. También después del terremoto de Haití hubo saqueos, y gente que intentaba hacer negocio con los huérfanos.
- Tienes razón, está bien que lo sepas. Siempre hay personas carnívoras explotando a otras personas. Cuando llega una patera con ojos aterrados que necesitan jugarse la vida para sobrevivir, por detrás hay mafias que tratan a los seres humanos como mercancías. Y no hace falta ser un mafioso. En situaciones difíciles, cuando surge una amenaza, hasta la gente más buena sale en estampida y pisotea al que haga falta. Una de la leyes más constantes de la historia es esa de sálvese quien pueda.
- El ser humano es la verdadera catástrofe –sentencia Elisa-.
- Sí, está bien que lo sepas. Pero nunca olvides otra cosa.
- ¿Qué?
- Que el ser humano es también el mejor ejemplo de dignidad. Estoy seguro que en las riadas de Jerez habrá muchos hombres y muchas mujeres que se han portado de manera generosa con sus vecinos. Conozco historias muy emocionantes de dignidad y solidaridad que se producen en situaciones tremendas, en la guerra, en los campos de concentración, en las catástrofes. Si quieres decir que el ser humano es una fiera, aclara enseguida que se trata de una fiera capaz de dar su vida por los demás.
- ¡Qué contradicciones!
- Pero es bueno saberlo también. El poeta Pablo Neruda escribió el Canto general, en homenaje a América, y habló mucho de sus ríos, de sus grandes montañas, de sus aves. Pero después escribió un poema para reconocer que, cuando la policía represora fue a buscarlo, no se salvó gracias a los ríos y a los árboles, sino a la ayuda de un ser humano, un compañero, que se jugó la vida por él.
- Dos caras de la misma especie: el represor y el compañero.
- Conviene saberlo, porque eso es lo que nos hace responsables de nuestros actos. Frente a la dificultad, podemos desvalijar a un vecino o podemos llevarle el desayuno para que no se muera de hambre. Con el agua al cuello, las personas normales pueden dar tantas sorpresas como los campos más civilizados.




