Por . Lunes, 15 de Febrero de 2010.

El día de los enamorados

Mi hija Elisa volvió ayer con una carta en la mano y una sonrisa en la boca. Había quedado en la plaza con sus amigos y fue un poco más arreglada que otros domingos para celebrar el día de los enamorados. Hago una broma, se enfada, le pregunto por el autor de la carta, y me dice que me meta en mis asuntos. Le digo que tiene razón, que yo le hubiese dicho lo mismo a mi padre. Y ella sentencia: ya ves, hay cosas que no cambian.

- ¿Tú crees de verdad que hay cosas que no cambian? Mejor que no te referirás al amor, o a la relación entre un padre y una hija.

- Los sentimientos no cambian mucho.

- Eso crees tú, pero los sentimientos cambian en realidad mucho, son parte de la historia como los acontecimientos políticos, las constituciones, las guerras, las crisis económicas. Cuando yo era niño, las historias de amor eran como una novela por entregas, un serial radiofónico. Una muchacha tenía primero un pretendiente, después un novio, después un novio que entraba en casa, después un prometido y por fin un marido.

- ¿Todo estaba así de organizado?

- Sí, y en tiempos de la abuela mucho más. Si se alteraba o se rompía el guión, la muchacha corría el peligro de convertirse en una desgraciada. Los verdaderos cambios no se producen por las decisiones políticas que suelen ocupar los titulares de los periódicos, aunque a veces la política ayuda, sino por las costumbres, por las rutinas, por el modo que tienen unos veciones de opinar sobre otros vecinos.

- Pues me alegro de que las cosas hayan cambiado.

- Pues yo no estoy muy contento, porque me gustaría que hubiesen cambiado de otra manera.

- ¡Ya empezamos! – Elisa pone cara de aburrida, porque se ve atrapada en la conversación-. Ahora no quiero sermones.

- Elisa, una cosa es un sermón y otra una conversación. Podemos hablar dos minutos y luego corres a tu cuarto, y abres el sobre, y relees la carta que te han dado en la plaza.

- Bueno, dime…

- La sociedad de la abuela era muy reaccionaria, el sexo siempre se consideraba pecado, la gente se vigilaba, había peligro de deshonra. Mi generación luchó por la libertad, que no era sólo un bien político, sino una necesidad social. Los curas mandan ya poco en el sexo, nadie se escandaliza porque una pareja tenga relaciones. Hasta los creyentes utilizan preservativos.

- ¿Y eso te parece mal?

- No, claro que no. Lo que quiero decirte es que hay que tomarse con cuidado los cambios de costumbres. Hemos sabido acabar con la represión, pero no somos capaces de formular una moral pública de respeto. ¿A ti no te dan vergüenza los programas de telebasura? Ahora todo es puro mercado, los cuerpos se mercantilizan y la intimidad se convierte en espectáculo. Hemos pasado del espionaje severo de los otros a no sentir vergüenza de nada, es decir, a no tener en cuenta a los otros.

- No todo el mundo sale en los programas de telebasura.

- Pero son un síntoma, algo que se generaliza. El colegio hoy tiene poca fuerza para educar, porque la gente se socializa en otros lugares, en otros espacios ante los que estamos indefensos. Ahora, más que nunca, es muy importante que nos tomemos en serio nuestra habitación propia. La economía quiere mandar en nuestro corazones igual que en nuestras cuentas de banco. Nuestra manera de vivir el amor es parte de la crisis. Así que tómate muy en serio tu corazón, porque en tu corazón está la dignidad que mañana podrás llevar a la plaza.




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