Crecer hacia dentro
Resulta impresionante, esa es la verdad. Una torre de 828 metros, 160 plantas y 57 ascensores. Es muy hermosa, además, una verdadera obra de arte. Cuando fui por primera vez a Nueva York, me quedé deslumbrado con los rascacielos de Manhattan. Pocas cosas hay en el mundo más emocionantes que un atardecer, la luz violeta contra los cristales, observado desde el Puente de Brooklyn.
Yo había escrito un libro, en la estela de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, en el que denunciaba una realidad no hecha a la altura de los seres humanos. Pero cuando viajé a la metrópoli, sentí una emoción estética desusada. Algo parecido me ocurre ahora al ver en el televisor el Burj Dubai, la torre más alta del mundo, una ciudad vertical, que sube sus cristales con voluntad de ciprés hasta el corazón del cielo y clava un orgullo espiritual de dinero y petróleo en el horizonte del Golfo Pérsico.
Fuegos artificiales se enredan como adornos navideños en la inauguración del Burj Dubai. Mi hija Elisa me mira, me observa, como si yo mismo fuese un atardecer ante la pantalla, y me pregunta:
- ¿No te gusta mucho?
- Sí, es muy hermoso –le respondo con un poco de sombra en mis palabras.
- ¿En qué piensas?
- Me estoy acordando de un poeta andaluz que se llamaba Juan Ramón Jiménez. Se casó con una mujer norteamericana, y en 1916, en su viaje de novios, visitó Nueva York. Le impresionó mucho la ciudad del mundo que más crecía a lo alto y a lo ancho. Volvió en 1936, después de salir de una España en guerra, una España destrozada por la maquinaria bélica moderna de Hitler y Mussolini. Entonces escribió una conferencia sobre Nueva York titulada “Llímite del progreso”. Hay una versión última que se titula “La debida proporción”.
- ¿Le asusta el progreso?
- Bueno, en el fondo tenía la convicción de que no hay por qué hacer todo aquello que se puede hacer. Conviene elegir, decidir, ordenar, darle sentido a los avances. El hecho de que se pueda producir mucho no significa que haya que producir mucho, si con esa producción envenenamos el planeta. El hecho de que se pueda inventar mucho, no significa que haya que inventar todo lo que exige la industria militar o una biología capaz de manipular de manera peligrosa la vida humana. Hay que tener cuidado con la palabra progreso.
- Eso te puede convertir en un reaccionario.
- O en alguien que quiere conservar algunas cosas y crecer de otra manera. Tal y como está la atmósfera que respiramos, me parece que debemos robarle la palabra conservación a los conservadores, como el joven Unamuno quiso quitarle la palabra tradición a los tradicionalistas. Es una cuestión de ética. Mira, Juan Ramón Jiménez fue alumno de un pedagogo importante, Giner de los Ríos, otro buen andaluz. Por eso, al hablar del progreso recordó a su maestro. La memoria es un modo de resistencia y conservación. Sintió que, más que crecer a lo largo y a lo ancho, necesitábamos crecer hacia dentro. Juan Ramón deseaba la ascensión interior.
- Y, eso, ¿qué significa?
- Se trata de saber para qué utilizamos la ciencia y la técnica. A mí me parece que un muerto de hambre, o la víctima de un bombardeo, son retos científicos y tecnológicos de primera magnitud, retos más importantes que una torre de 828 metros. Ya ves, es un edificio muy hermoso, pero no me gusta la mezcla de petróleo, guerra, dinero y religión que simboliza el Burj Dubai.



