El Manifiesto de Granada
Está lloviendo de forma mansa sobre la ciudad. Es una buena noticia, no ya por el hermoso cielo gris de otoño, que se apoya en los tejados como un poema escrito por los clásicos, sino porque el cielo y la tierra necesitan el agua. La lluvia limpia el aire, alimenta las fuentes y prepara los campos.
La belleza natural nos visita con el poder de convicción de los clásicos. Sus colores y sus ciclos se suceden con una argumentación familiar que nunca deja de sorprendernos. Componen una sabiduría antigua cargada de originalidad. En los atlas que ordenan las distancias y las imaginaciones del mundo, buscamos la serenidad de un estilo que se siente cómodo y justificado con los epítetos: la nieve blanca, el mar azul, la selva verde, los desiertos amarillos.
Como hace frío y llueve, mi hija Elisa me propone quedarnos en casa y pasear por Internet. Caminamos palabras, imágenes, noticias y comentarios. Se acerca la Cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático, y nos salen al paso múltiples informaciones. Visitamos el Manifiesto de Granada en el que un grupo de expertos propone la utilización de los espacios naturales de Andalucía como observatorios del cambio. Llegamos a Sierra Nevada, a Doñana, a los desiertos de Almería.
Luego bajamos a los barrios más pobres. Un experto llamado Charles Heaps, miembro del Instituto de Medioambiente de Estocolmo, afirma que es necesario invertir entre 150 y 450 billones anuales de euros en el tercer mundo para combatir el calentamiento del planeta. A Elisa le cuesta poco comprender que el reto más importante que tenemos delante es un diálogo científico e intelectual entre el ecologismo y la pobreza. Como el planeta está en peligro, resulta necesario tomar decisiones sobre la contaminación. Pero hay que hacer compatible la ecología planetaria con el desarrollo económico del tercer mundo.
Lo que le cuesta más trabajo a Elisa es comprender algunos comentarios. Un lector del periódico Granada Hoy, que firma como Miguel, comenta así las afirmaciones de Charles Heaps: “Vamos de locos, quererse gastar 111 billones de euros para combatir un cambio climático que dicen antropogénico sin que toda la comunidad científica esté de acuerdo, pero si unos politiquillos mediocres y unos ecologistas ignorantes pirados es una locura. Dios me libre de iluminados salvadores del mundo que ya hicieron mucho daño a través de la historia. Esto traerá hambruna a los pueblos subdesarrollados”.
- ¡Qué bruto!
- La red, igual que las ciudades, tiene de todo. Caminando por ella, se puede llegar hasta un vertedero. Aunque te aconsejo que leas con atención las opiniones que huelen mal, porque son un resumen de todos los tópico que ha impuesto, como costumbre de pensamiento, el capitalismo neoliberal para seguir haciendo negocios sin control ninguno: descrédito de la política, desprecio de los ecologistas y caricaturización de los militantes, las utopías y las ilusiones colectivas.
- También dice que la comunidad científica no está de acuerdo.
- Es verdad que las grandes empresas contaminadoras han comprado durante años a muchos científicos. Pero hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que tenemos un problema muy grave y debemos pasar a la acción. El planeta se calienta, el mar invade la tierra, los hielos polares se deshacen, los desiertos avanzan…
- Entonces, ¿por qué no se toman acuerdos?
- Mira, la realidad está desmintiendo de forma descarnada la ética y la economía del capitalismo. El planeta es incompatible con la vorágine del consumo y con la ausencia de un Estado que regule los movimientos económicos, el uso de las energías, las desigualdades sociales y los peligros de la contaminación. Por eso son tan difíciles los acuerdos. Es que se trata de pedirle al capitalismo que reconozca sus peligros y sus límites.
- Pues hay que hacer algo.
- Sí, hay que hacer algo, si queremos seguir disfrutando de la lluvia, de ese hermoso cielo gris que se apoya en la ventana, de los mares, las selvas y los hielos que llenan de colores las páginas de los atlas, y de nuestros paseos por Internet.



