Por . Lunes, 16 de Noviembre de 2009.

El extranjero

- ¿Y dónde viste el partido?

Estoy en Buenos Aires. Hablo por teléfono con mi hija Elisa, que me pregunta enseguida dónde he visto el partido de fútbol entre España y Argentina. Le resulta curioso que haya coincidido con mi viaje, y que el azar me haya convertido en un aficionado español que sigue el acontecimiento en la orilla contraria.  España jugó en casa, pero yo jugaba en el extranjero.

Por si faltaba algo, a Elisa le despierta curiosidad el cruce de razones. He venido a Buenos Aires para participar en un homenaje a Francisco Ayala, un escritor amigo que acaba de morir, con una conferencia sesuda y filológica sobre la época de su exilio argentino. Un hecho cultural grave y triste se mezcla con un partido de fútbol intrascendente y divertido. En casa nos gusta mucho el fútbol, pero sabemos que es la obra maestra de las cosas que no importan, que no son graves. Quizás por eso nos gusta tanto.

- Lo he visto en un bar –respondo a Elisa-, con mi amigo Mariano Roca, el editor de Tusquets. El primer tiempo ha sido bueno, ¿verdad? Después la selección jugó a medio gas, pero es que los argentinos estaban dando muchas patadas.

Mariano Roca es un argentino, muy argentino, pero poco nacionalista. De origen español, ha vivido en Barcelona y se ha recorrido muchas veces la Península para visitar en Ronda a su abuela. Ahora es el director en Buenos Aires de la editorial Tusquets, una empresa catalana. Me ha llevado al restaurante de un amigo italiano, que está en la calle República de la India, a las espaldas del zoológico.

- ¿En el boliche también han pegado patadas?, me pregunta divertida Elisa. Conoce la palabra boliche, porque en Granada hay un restaurante amigo con ese nombre.

- No, han estado muy bien y muy tranquilos. Quizá sea porque se sienten enfadados con Maradona, pero los locutores de la televisión han hablado mucho de los penaltis a favor de España que no pitó el árbitro. Y los clientes del bar lo admitían.

- Seguro que sabían que eras español.

- Yo he estado muy callado. Más que las ofensas de los otros, me daba un poco de vergüenza expresar con libertad mis alegrías. ¡Qué estupidez es el racismo! ¿Verdad?

- ¿Por qué lo dices?

- La gente sospecha de la piel del otro, de la manera de hablar del otro, de las costumbres de los otros. Y sólo hace falta viajar un poco para darse cuenta de que es uno el que tiene una piel distinta, una forma diferente de hablar, unas costumbres extrañas.

- Claro, allí tú eras el extranjero.

- Y no hace falta estar metido 13 horas en un avión. Basta con hacer un viaje corto, de una ciudad a otra, para que lo normal se convierta en lo diferente. Los dogmáticos y los racistas no se dan cuenta de que el mundo tiene muchas caras y que, además, siempre está en movimiento. La risa se mezcla con el dolor, la luz con la sombra, la seriedad con lo fútil, y lo familiar con lo extraño. ¿Sabes lo que más me ha extrañado?

- ¿Qué?

- En España, estábamos acostumbrados a una selección débil, sin personalidad, sin juego de equipo. Argentina era un modelo de juego sólido. De pronto, en poco tiempo, España es un gran equipo, muy bien armado, y Argentina juega sin pies ni cabeza, que es muy mala manera de jugar al fútbol. Si el espacio está lleno de diferencias, no te digo el tiempo…

- Es una estupidez el racismo.

- Sí, los dogmas tienen al espacio y al tiempo en su contra. Por eso debemos procurar que en nuestro espacio no se sufra nunca un tiempo de dogmas.




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