El muro de Berlín y el mapa de Europa
Ha querido coincidir en el tiempo la aprobación del tratado de Lisboa con el veinte aniversario de la caída del muro de Berlín. En este tiempo, los europeos han ido definiendo y explorando la manera en la que pueden contribuir unidos a la definición de un orden global. Antes de la caída del muro, pensar en Europa como un polo de acción política y no sólo económica era impensable; ahora es el centro de todos los debates sobre nuestro futuro.
La caída del muro de Berlín alejó a Europa del centro de las relaciones internacionales. La frontera entre los dos mundos que definió la historia de la segunda mitad del siglo XX transcurría en Europa. Y por ello el viejo continente era centro de atención de los estudiosos de las relaciones internacionales, y por supuesto de la gran potencia occidental, los Estados Unidos de Norteamérica. En síntesis, la tensión que definía las dos manera alternativas de ver el mundo – el capitalismo y el comunismo – dividía Europa y la colocaba en el epicentro de un mundo bipolar.
La Guerra Fría forjó una alianza entre Estados Unidos y Europa basada en la existencia de un enemigo común. La amenaza soviética propició una alianza desigual, en donde los americanos protegían a los europeos que disponían de una capacidad militar muy inferior. A cambio, los americanos se reservaron el derecho de ejercer una influencia significativa en aquello que los europeos decidían. El Reino Unido o la Alemania Federal actuaron en ocasiones como satélites de Estados Unidos en Europa, a cambio de tener una “relación especial” con el poderoso amigo del norte.
La caída del muro supuso para Europa el comienzo de una lenta emancipación política de los Estados Unidos. Las expectativas sobre lo que Europa podía hacer en el mundo no fueron fáciles de alcanzar, y de hecho, durante los 90, el balance no fue nada positivo. El primer test para Europa vino tras el colapso del comunismo y la desintegración de Yugoslavia. Fueron los americanos quienes tuvieron que intervenir y fue un americano, Richard Holbroke – por cierto, hoy enviado especial para AFPAK de Obama – quien forjó los acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la guerra en 1995. Después vino Kosovo, donde de nuevo, los americanos, a través de la OTAN, tuvieron un papel protagonista en la resolución del conflicto.
Sin embargo, visto en perspectiva, la Unión Europea ha definido en estos 20 años el mapa geopolítico de lo que hoy es Europa. A través de las políticas de ampliación la Unión ha ampliado su club hasta los actuales 27 miembros, con la perspectiva de que Macedonia, Croacia o Islandia, lo puedan hacer en los años próximos, aparte queda el espinoso tema turco, sobre el que la oposición alemana y francesa complica el asunto.
Mediante la ampliación, el mapa de la paz europeo se ha ido extendiendo. Donde antes había países de la órbita soviética, hoy hay estados miembros de pleno derecho de la UE; hasta el punto de que los líderes como Vaclav Klaus tienen el poder de retrasar las decisiones más importantes para la Unión.
El gran reto para hoy de Europa es lograr gobernar su diversidad y lograr actuar de forma unitaria. El Tratado de Lisboa es un paso más en este sentido. La alternativa para los países más euroescépticos es clara: quedarse fuera de la Unión en un mundo de grandes polos les supondrá tener un papel menor en las relaciones internacionales, al margen de que en el pasado hayan sido grandes potencias como es el caso del Reino Unido. Si Europa logra el equilibrio entre su diversidad y su potencial de acción, podrá tener un papel destacado en los tiempos que vienen.



