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Por José Antonio Gurriarán. Lunes, 9 de Noviembre de 2009.

Quedan otros muros

Con motivo del veinte aniversario de la desaparición del Muro de la Vergüenza de Berlín, la BBC hace recuento de tapias similares, que perviven en otros países y continentes, y suma catorce. En mis cuentas extraídas de lecturas, conversaciones y viajes recordados, me salen más del doble.

Por ser una reliquia indeseable de la guerra fría y porque dividió en dos el mundo, las ideologías y el corazón de Berlín, la destrucción a martillazos –que no “caída”- de aquél paredón infame, que, también, disgregó a miembros de la misma familia, quedó como el símbolo, a la vez, de la ruptura y de la reunificación de seres humanos veintiocho años separados por la fuerza bruta.

Afortunadamente, quedan pocas ciudades partidas en dos, como la capital alemana. La que más se le parece, es, quizá, Nicosia, partida por un muro que divide a las comunidades greco y turco-chipriotas de la ciudad y, con el nombre de “línea verde”, al resto de la isla a lo largo de 300 kilómetros. La decisión del gobierno de Nicosia de iniciar su demolición en el tramo ciudadano abre esperanzas de que, como en Berlín, desaparezca esta barrera artificial.

Un muro de ladrillo, hormigón y casas coloreadas con eslóganes y recordaciones de pasadas batallas y muertes, separa, en Belfast, a católicos y protestantes, once años después de la firma de los acuerdos de Viernes Santo y quince de que el IRA declarara el alto el fuego. Cada uno tiene sus calles, a su lado de la tapia, y el nombre de “Muro de la paz” es contradictorio con esta situación y con muchas pintadas que la ilustran.

Desde la construcción de la Muralla China, siempre existieron cercas para defenderse de pueblos vecinos y extraños o para separar a ciudadanos de la misma nación. Aquellos 20.000 kilómetros de la primitiva Muralla, de los que hoy subsisten 8000 convertidos en impresionante monumento, para atraer a turistas, pretendía en tiempos del imperio exactamente lo contrario: aislar a China, impedir la entrada en ella de extranjeros y nómadas de Mongolia, Manchuria y otros pueblos enemigos.

Guerras entre naciones y etnias fronterizas, temores a ataques terroristas, a la entrada de mafias organizadas del crimen, de traficantes de drogas y armas y a la llegada masiva de inmigrantes, son causa de nuevas barreras, murallas y alambradas con minas explosivas, contradictorias con la desaparición de las fronteras interiores en la Unión Europea y con la simplificación de trámites aduaneros en otras áreas del mundo.

Por estas y otras razones hay muros físicos y militares en cuatro de los cinco continentes. El de Estados Unidos con México, para combatir el paso ilegal de personas y el tráfico de drogas, cubre más de 1000 de los 3000 kilómetros de frontera común. Millares de vigilantes armados, 800 vehículos, sensores para detectar túneles, miras infrarrojas, no lograron evitar que cientos de miles de inmigrantes entren anualmente en el país, aunque el ingreso de drogas si bajó sensiblemente. Diez millones de indocumentados, en USA, y centenares de muertos por insolaciones, en el desierto, hacen reconsiderar a Obama una estrategia alternativa a la Operación guardián, acelerada por Bush tras el atentado de las Torres Gemelas.

Cuando estas fronteras de metal u hormigón son cuestionadas, en los países que las levantaron –en Marruecos los 2.500 kilómetros de barrera militarizada y minada no han disuadido a los saharuis de sus reivindicaciones de independencia-, políticos pakistaníes idean la construcción de otra, que, teóricamente, impediría la entrada de talibanes en el país e Irán resucita su proyecto de sellar con cemento su frontera…con Pakistán. Tampoco el muro de Israel con Palestina ha contribuido a solucionar un conflicto, que no tiene otra salida que el diálogo franco y dos estados independientes condenados a entenderse, en el futuro.

Este diálogo, la solución de eternos conflictos como el israelo-palestino y la ayuda de las naciones desarrolladas a las menos favorecidas, solucionará más de un problema y contribuirá a evitar desplazamientos masivos de población y, seguro que también, de terroristas. Es la receta de la ONU y de la Unión Europea, que no acaba de cumplirse. La que permitirá entonar colectivamente, un día, el A desalambrar de Víctor Jara y La Muralla, de Nicolás Guillén, hecha de manos unidas, que no de hormigón y minas.



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