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Por Luis García Montero. Lunes, 2 de Noviembre de 2009.

Los cuidados

La Alhambra fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1984. Durante muchos siglos había sido cantada por la literatura como una maravilla. Pero sólo hace 25 años se dio solemnidad y apoyo oficial a la conciencia de su valor. Merece la pena tomarse en serio los cuidados de las cosas importantes. Mi hija Elisa está acostumbrada a los recuerdos paternos. Suelo hablarle de la España de mi infancia, de la ciudad en la que crecí. La memoria es una buena aliada del presente a la hora de tomar decisiones, porque siempre surge, entre nostalgias y anécdotas familiares, una experiencia de la responsabilidad.

Le cuento a Elisa que cuando yo era joven la gente estaba acostumbrada a subir en coche hasta las puertas del Palacio de Carlos V. Las primeras medidas que se tomaron para respetar el monumento no fueron bien recibidas por los granadinos, que estaban acostumbrados a comportarse con una imprudente libertad. Se quejaban todos, hasta los guías y los…

- ¿Los guías? –me pregunta Elisa.

- Sí, es que no sólo se trataba de los coches. También había visitas masivas al monumento. No se controlaba el número de entradas. Desde la Costa del Sol, llegaban autocares cargados de turistas, y una multitud invadía el Patio de los Leones. Cuando se establecieron los límites necesarios para la conservación, hubo protestas. Se rompieron algunos hábitos de negocio que eran incompatible con la seguridad de la Alhambra.

- Yo no oigo protestas.

- Ahora no, la gente se ha acostumbrado. Pero en los años 80 hubo malestar, enfados, algún grito. Entonces no se aceptaba del todo la idea de que el presente debe ser respetuoso con el futuro, porque las cosas de valor nos pertenecen a todos, incluso a las generaciones que todavía no han nacido. Recuerdo el proceso de dignificación de la Alhambra como uno de los signos más claros de la desaparición del franquismo en Granada. El respeto civil sustituía al capricho, al amiguismo. A veces, no poder llegar en coche hasta un palacio es una metáfora inseparable de una constitución o unas elecciones generales.

- Está bien, debemos cuidar las cosas importantes. ¿Tú que cuidarías?

- Muchas cosas. Por ejemplo, a la gente que quiero. Los cuidados no sólo afectan a la enfermedad. Hay que cuidar los sentimientos, hacerlos cada día más profundos, evitar que se oxiden. ¿No te parece? Y tú, ¿qué cuidarías?

Mi hija Elisa va a contestar con rapidez, pero de pronto se para. Un chispazo en sus ojos me avisa de que acaba de tener una ocurrencia buena. Me conoce, sabe que esta vez me va a ganar la mano. Así que prepara la jugada, sonríe y pronuncia con lentitud su respuesta:

- Yo, la política.

- ¿La política?

- Pues claro. Es algo muy importante, y se está utilizando de mala manera. Está en peligro de muerte por culpa de la multitud de corruptos que se bajan de los autocares para invadir sus palacios. Yo declararía a la política Patrimonio Universal, o me inventaría leyes para salvarla. La política merece cuidados serios, como los animales en peligro de extinción.

- Muy bien. Vamos a declarar a la política Patrimonio de la Humanidad. Y te invito a merendar donde tú quieras, en honor de la política y de la Alhambra.



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