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Por José Antonio Gurriarán. Sábado, 31 de Octubre de 2009.

La danza de los corruptos

La danza de los corruptos que bajan de coches celulares, camino de juzgados y cárceles, tratando de ocultar sus vergüenzas al pueblo que esquilmaron, es un espectáculo que puede tener dos lecturas: que son muchos los que se benefician inmoralmente del sudor ajeno o que, al fin, el brazo de la ley alcanza a estas sanguijuelas insaciables de lujo, yates, mansiones y sumas astronómicas de dinero, que sepultan en el jardín o en cuentas opacas de islas y países que no tienen el rubor de reconocerse como “paraísos” fiscales.

Prefiero quedarme con la segunda lectura, pese a la iteración del baile. Porque es más esperanzadora y por el dato cierto de que, en España, en los últimos años, no pasan de tres centenares los que sabemos robaron al pueblo, a través de instituciones públicas o privadas –políticos, ediles, altos funcionarios, banqueros o empresarios-. Que es mucho, pero que no puede ocultar la realidad de que cientos de miles trabajan honestamente, en estos y en otros lugares.

Afortunadamente son más, y más eficaces cada día, los jueces, fiscales, investigadores, y legisladores que laboran para cercar a estos “chupópteros”, que, en cierto modo, parecen afectados por serios trastornos mentales pues, en su psicopático afán da riqueza, amontonan tanto dinero que no disponen de tiempo para gastarlo. Cuando no pierden todo y dan con sus huesos en las cárceles. En España y fuera de España.

Es el caso de Robert Madoff, ex presidente de Nadasq, ex gurú de la economía mundial, autor de la mayor estafa financiera de la historia y uno de los culpables de la crisis que nació a Estados Unidos y contaminó a los cinco continentes: defraudó sesenta y cinco mil millones de dólares, a cambio de 150 años de condena, que, por razones biológicas, difícilmente podrá cumplir en la cárcel.

Es el caso no juzgado, y que tanto irrita a Obama, de los dirigentes de las cinco grandes firmas financieras de Wall Street, que, al tiempo en que inflaban sus cuentas, ocultaban información y pedían ayuda al Estado, se repartían tres mil millones de dólares: 161 para Stanley O´neal, de Merrylinch y “solo” 40 millones para Richard Fuld, de la firma Lehman Brothers.

Fue el del presidente peruano, Fuyimori y el de otros dirigentes de México, Venezuela, Rusia, China, Corea del Sur, Bulgaria o Pakistán…, condenados por incurrir en el abanico de figuras gramaticales y penales que definen la corrupción: extorsión, fraude, cohecho, malversación, prevaricación, soborno, tráfico de influencias, uso ilegítimo de información privilegiada… Tan actual, pero tan antigua, que Jefferson decía con desánimo a principios del XIX: “la base de todos los gobiernos modernos ha sido la fuerza o la corrupción, salvo los holandeses que podrían ser una excepción, aunque no estoy lo suficientemente informado como para descartarlos.”

Mas cercano tenemos el posible juicio del ex presidente francés y ex alcalde de Paris, Jacques Chirac, reclamado por los tribunales por el presunto invento de empleados municipales, cuyos salarios habrían ido a parar a sus arcas. Podrá ser, un día, el caso de Silvio Berlusconi, si los jueces que le siguen la pista consiguen superar sus tretas de fuguista y su inmunidad parlamentaria.

El quiebro de los acusados de Barcelona, para evitar que se identifiquen sus rostros y vean sus manos esposadas, es el últimos episodio de un serial que comenzó con Mario Conde –ante, quizás, con Ruiz Mateos.-, continuó con el expolio de Marbella, tiene sus capítulos centrales en el caso Gürtel esparcido por Madrid, Levante y parece que también en Castilla, y que ojala tenga su final con los ocho detenidos de Baleares.

Todas ellas situaciones vergonzosas y lamentables que afectan a varias formaciones políticas –la Operación Pretoria a socialistas y nacionalistas-, pero, muy particularmente, al Partido Popular. Si quieren solucionar su permanente estado de crisis, habrán de hacerles frente, con diligencia y dejar trabajar a los jueces. De no ser así tienen crisis para rato.



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