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Por José Antonio Gurriarán. Martes, 27 de Octubre de 2009.

Sabino

Sabino. Políticos, intelectuales, científicos, artistas, periodistas que le conocíamos y queríamos, que éramos muchos, casi todos le tuteábamos y llamábamos así pese a su alto rango militar e institucional y al papel decisivo que le tocó desempeñar en la historia de la transición española. Porque a él le gustaba y él lo pedía. Porque era un hombre extremadamente sencillo.

 Nunca oí que un no uniformado le dijera “mi general”, que lo era desde hace treinta y cinco años, o “mi teniente general”, que lo era a título honorífico desde hace quince. Ni siquiera Conde, que también lo era de Latores, un pueblín asturiano, cercano a su Oviedo natal, famoso por su paisaje montañoso y por una sidrería que Sabino frecuentaba en sus viajes al terruño.

 “Señor Conde.” Con la sorna asturiana que tenía, imagino que hubiera sonreído. Estaba agradecido porque sabía que, en una monarquía constitucional, los títulos nobiliarios no son ya, afortunadamente, privilegios territoriales por batallas ganadas o por color de sangre. Es gracia real que le hizo Juan Carlos, por los servicios de paz y concordia prestados a él y al país.

 Como a la mayoría de los títulos del nuevo Gota español concedidos, desde que el rey es rey, a gentes que contribuyeron con su trabajo a hacer más unidas y universales las Españas: marqués de Salobreña (Andrés Segovia), marqués de Pubol (Dali), marqués de Iría Flavia (Cela), marquesado de Pedroso de Lara (Manuel Lara), marquesado de los Jardines de Aranjuez (Joaquín Rodrigo).

 Y a los personajes políticos de la transición y de la consolidación de la democracia, Fernández Miranda, Josep Tarradellas, Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Sabino Fernández Campo…Al parecer, de los ex presidentes de la democracia, Felipe González renunció al título nobiliario que se le ofrecía y a Aznar aún no le ha sido otorgado, por continuar en la política activa.

 Con Sabino mantuve contactos profesionales, desde que entró en La Zarzuela como Secretario General de la Casa Real, y, más frecuentes, a partir del momento en que tuve alguna responsabilidad relacionada con este ámbito en TVE. De aquellos encuentros recuerdo tres ocasiones en las que, hábilmente, compatibilizó su apertura y espíritu liberal con su prudencia política:

 Las entrevistas que el almeriense Matinez Durbán y yo hicimos al Príncipe Felipe, cuando era un joven estudiante en el Colegio Lakefield, de Canada, y compartía el frío gélido de Ontario con 230 compañeros; la celebración del XXV aniversario de la boda de Juan Carlos y Sofía, en Grecia, y mi intento fallido de introducir sonido en las audiencias reales.

 Lo último no fue posible porque, en criterio de Sabino, la conocida espontaneidad del rey podía originar algún mal entendido. Con la hoy premio Planeta, Angeles Caso –una de las personas más sensibles que pasaron por aquella casa-, preparé su viaje a Grecia y trajo de allí un reportaje cálido e informativo, que incluía el ramo de flores, que, en nombre de la reina, depositó en la tumba del rey Pablo, en el Palacio de Tatoi, cuando doña Sofía no podía visitar su país…

 Para el encuentro y entrevistas con el Príncipe heredero –entonces un joven estudiante de diecisiete años-, Sabino Fernández Campo, como Jefe de la Casa Real, nos dio toda suerte de informaciones y contactos, incluido el del teniente coronel Alcina, un gaditano cordial, que, en calidad de edecán del príncipe estudiante, hizo más fácil y desencorsetado nuestro trabajo.

 La última vez que vi a Sabino fue en la tertulia de un club madrileño, que solía frecuentar en el pasado, en la que algunos compañeros reintentaron que contara algo nuevo sobre el 23 F. Dijo lo que dijo siempre, destacó el papel del rey y no dijo lo que no quería decir. Todo con una sonrisa.

 El cariñoso recuerdo que le dedicó príncipe, en la entrega de los premios del Teatro Campoamor, me llevó a pensar que algo grave le sucedía. Acerté, lamentablemente, y España perdió a uno de los grandes personajes de la transición, que sabía administrar prudentemente palabras y silencios. Así era Sabino.



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