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Por Luis García Montero. Lunes, 26 de Octubre de 2009.

Pensar en la muerte

Mi hija Elisa mira con sorpresa el libro de fotografías que tengo abierto en la mesa. Se trata de un álbum de cultura mexicana en el que hay numerosas imágenes de calaveras y de muertos que bailan, beben, comen y celebran la vida. Observa un puesto callejero de dulces dominado por la sonrisa festiva de mil calaveras, hechas con azúcar de todos los colores. Le parece raro, y yo aprovecho su extrañeza y su incomodidad para hablarle de la muerte.  Muchos valores útiles en nuestra tradición se vinculan con el pensamiento religioso, y conviene reivindicarlos también en la ética de los no creyentes.

- No me parece mal –le digo a Elisa- que de vez en cuando recordemos nuestra inevitable relación con la muerte.

- Pues a mí – responde ella-, me parece de mal gusto. Es desagradable.

- Bueno, pero es algo que no podemos evitar. Somos mortales, y no creo que la solución sea ignorar nuestra realidad. La sociedad pretende con frecuencia olvidarse de la muerte. Nos comportamos con la soberbia de los inmortales. Y no creo que eso sea un engaño inteligente, porque al final obramos con la temeridad y la violencia legendaria de los inmortales, pero nos falta su grandeza. Sobran los buenos motivos para pensar en la muerte.

- Dime uno…

- Es la mejor forma de respetar la vida, de darle su verdadero sentido. Admitir la existencia de la muerte significa que somos responsables de cada uno de nuestros días. Hay quien piensa que todo pierde valor por culpa de la muerte, y mucho más cuando no se tiene fe en la vida eterna. Pero si aprendemos a convivir con la muerte de forma natural, me parece que ocurre lo contrario. Cada mañana de sol o de lluvia es un tesoro que debemos aprovechar.

- Otro motivo más convincente…

- También es una buena forma de tomarnos en serio a los demás. Por muchos méritos que pueda tener una persona, nada es más importante, ni más respetable, que su vida. Es un ser vivo, un ser consciente de que algún día morirá, y por eso mismo necesita ser tratado con dignidad, con justicia, desde que nace hasta el momento de su muerte.

- ¿Algo más?

- Cuando caminamos hacia el futuro, conviene conocer el pasado del que venimos. Como yo voy cumpliendo años, tengo a muchos seres queridos entre los muertos. Son muertos de muerte imposible, que me acompañan, que forman parte de mi presente. Y no son fantasmas, seres peligroso de ciencia ficción, sino amigos. Al morir se llevan una parte de nosotros; pero, a cambio, una parte de ellos también se queda con nosotros. Y no es algo que afecte sólo a los sentimientos familiares. También tiene su importancia en las cosas del trabajo, en los compromisos sociales.

- No te entiendo.

- Cuando yo empecé a escribir, sólo pensaba en la posteridad, en qué dirían de mí los periódicos, en qué pensarían los lectores del porvenir. Ahora, cuando acabo un poema, pienso en qué pensarán mis muertos. ¿Qué dirá Ángel? ¿Qué pensarán Rafael o Jaime de mí? No sé si me explico, pero me siento parte de una historia, de un relato común. Saber que nuestros mayores han muerto o van a morir, nos ayuda a comprender que un día deberemos recoger su antorcha.

- Papá, morirse es una faena.

- La verdadera faena es saber de antemano que nos vamos a morir. Pero es la faena que nos hace seres humanos, que nos distingue del resto de los animales, que nos permite la dignidad. Nunca hemos subido juntos al cementerio. Esta semana vamos a celebrar el día de los muertos.



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