Barroso y Blair: ¡sálvese quien pueda!
Jose Manuel Durao Barroso, uno de los políticos europeos que más nos vendió la magia y las bondades del modelo neoliberal ahora colapsado, fue recientemente reelegido presidente de la Comisión Europea. Uno de los argumentos de quienes les apoyaron desde posiciones de difícil explicación –el grupo socialista español- aludieron a la ausencia de candidatos alternativos. Ahora, cuando los líderes europeos debaten quien será su primer presidente permanente, figura estelar creada por el nuevo tratado de Lisboa, suena con fuerza el nombre de Tony Blair ¿Les suena este tándem de Barroso y Blair?
La elección de Obama como presidente de Estados Unidos confirmó una necesidad: el mundo requería un cambio radical en la forma de afrontar los retos del siglo XXI. Donde antes había arrogancia, unilateralismo e inconsistencia moral, ahora hay diplomacia, respeto a la legalidad internacional y sobre todo un arrollador poder de seducción. Ahora que los tiempos han cambiado, parece como si los líderes europeos pretendiesen volver al pasado considerando a Blair como un buen candidato para presidir Europa, toreando por colleras con otro integrante de la foto de Las Azores.
En política hay dos tipos de errores: los coyunturales y los de fondo. Los políticos brillantes se sobreponen a los primeros y continúan su carrera política; sin embargo, cuando las decisiones tomadas constituyen errores que la historia juzga con severidad, llega la hora de retirarse y meditar sobre lo ocurrido. El fracaso cosechado en los problemas de fondo de Tony Blair no es menor: desaprovechó la oportunidad histórica de formular un laborismo de futuro, ganó elecciones pero hundió la esperanza del socialismo inglés; dividió a Europa por su inquebrantable sumisión a Estados Unidos mucho más allá del entendimiento transatlántico, no fortaleció el europeísmo inglés y pretende ser desde su euroexcepticismo presidente de Europa. Parece demasiado.
Bush, Blair, Aznar y Barroso tomaron una decisión muy grave. Se reunieron en las Azores y anunciaron al mundo la invasión de Iraq. Trataron de engañarnos a todos con la retahíla de las armas de destrucción masiva. La mentira, sobre la vida de miles de iraquíes y soldados, no tiene perdón político. Pertenece a la categoría de los errores por los que un político debe quedar apartado de las responsabilidades.
Felipe González sería un buen candidato. Su europeismo está fuera de discusión, y su etapa además estuvo combinada con un buen entendimiento con Estados Unidos. Sin embargo, él mismo se ha auto descartado para presidir la Unión. Una pena, aunque quizá si Zapatero se lo pidiera en firme cambiaría de parecer.
Europa no se puede permitir el lujo de poner al frente de sus instituciones a personajes que levanten resentimiento colectivo. Europa necesita acercarse a sus ciudadanos. Con Blair, lo único seguro es que los que se manifestaron por la paz en 2003 ahora asociarían su belicismo injustificado a la idea de Europa. Conforme el proyecto europeo va tomando mayores competencias, mayor es la necesidad de incorporar a los ciudadanos en la toma de decisiones. Igualmente, los líderes al frente deben ser un reflejo de los valores europeos. Blair sería justamente lo contrario. Esperemos que los líderes europeos que se reúnen esta semana en Bruselas recapaciten y pongan sobre la mesa el sentido común.



