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Por Luis García Montero. Lunes, 19 de Octubre de 2009.

La superstición y las ficciones

Algunas noticias privadas nos conmueven con una fuerza difícil de encontrar en los acontecimientos públicos. Mi hija Elisa y yo nos angustiamos con la historia de Falcon Heene, el niño norteamericano que estuvo a la deriva por los cielos, navegando en un globo. Que un globo se escape de la tierra con un niño dentro es el inicio implacable de una historia que nos obliga a sentir la soledad, el terror y el frío de un ser indefenso.

Nadie puede desentenderse de esa historia. Los medios de comunicación  ofrecieron a los ciudadanos el drama paso a paso. Los ojos en las nubes, la búsqueda a los largo de más de cien kilómetros en el norte de Colorado, el globo que pierde aire, el globo que cae a tierra, el niño que no está, el presentimiento de la peor desgracia. Luego un final feliz. Falcon Heene sólo se había escondido en el garaje de su casa por miedo a un enfado del padre. Los periodistas, la audiencia, las montañas, los helicópteros, los pájaros y los aeropuertos se sintieron felices. Todos respiramos hondo.

Mi hija Elisa y yo nos sorprendimos después al leer en el periódico que este drama era sólo un montaje de los padres de Falcon Heene, ansiosos por salir en la televisión y por hacerse famosos. Un argumento perfectamente construido había tenido al mundo entero con el corazón en un puño. Ya me hubiese gustado a mí escribir una novela o un guión cinematográfico con ese argumento. Se lo digo a Elisa, y ella pasa del enfado a la admiración.

- Ese padre es un artista, me confirma.

- No, no te confundas. Hay mucha diferencia entre un artista y un manipulador.

- ¿Pero no dices que te hubiese gustado escribir una novela?

- Sí, pero este señor tan listo de Fort Collins, que consiguió detener hasta el tráfico aéreo de Denver, no ha escrito una novela. Se ha servido de los medios de comunicación para engañar a la gente.

- Bueno, las novelas y los cuentos son un engaño. La mayoría de sus historias son imaginaciones. Siempre me dices que en la realidad no existen ni las Caperucitas ni los Príncipes Azules.

- Mira, Elisa, las novelas no son engaños, sino ficciones. Cuando las leemos, partimos de la idea de que pertenecen al mundo de la imaginación, algo que nunca olvidamos del todo, aunque sus argumentos nos conmuevan y nos hagan llorar. La ficción nos ayuda, a través del arte, a iluminar y conocer mejor la realidad.

- ¿Y qué ha hecho el padre de este niño?

- Exactamente lo contrario, ocultar la realidad, impedir que la conozcamos. Más que una ficción, a mí me parece que es responsable de una superstición.

- ¿Una superstición?, pregunta Elisa extrañada.

- Sí, a veces la tecnología moderna sirve para recuperar viejas costumbres. En el mundo antiguo, los milagros y las supersticiones no se vivían como fruto de la imaginación, sino como acontecimientos verdaderos. Ahora, gracias a las posibilidades mediáticas, se pueden crear mundos virtuales que, aunque son falsos, se viven como verdad. ¿A que nos es lo mismo ir a una misa que asistir a una obra de teatro? Esa es la diferencia entre el milagro y la ficción

- ¿Quieres decir que este padre norteamericano se ha comportado más como un sacerdote que como un artista?

- Eso quiero decir, aunque ahora los altares son otros. Utilizar los medios de comunicación para mentir, en vez de para informar con objetividad, nos hace de nuevo habitantes de un mundo lleno de supersticiones.

- Ya estás pensando en algunos políticos.

- Pues…, no. Estoy pensando en otros personajes con verdadero poder. Este padre mentiroso ha privatizado una costumbre que suele ser patrimonio de los grandes poderes. Ha conseguido sustituir la verdad de carne y hueso por una realidad virtual gracias a la manipulación ejercida sobre los periodistas. Y eso no es un arte, es una estafa. Ya ves, se trata de una estafa que también se ha producido con la ayuda del cielo.



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